La pornografía configura nuestras sociedades y es uno de los pilares de la economía. Millones de personas miran películas de sexo en la privacidad de sus cuartos o en los sex-shops cutres diseminados por el mundo. Millones lo hacen pero no hablan de ello o cuando lo hacen pretenden que es algo ajeno a ellos, que no lo buscan. Sin embargo en los sex-shops, donde el consumo es público (en una primera fase al menos), se pueden ver hombres jóvenes y viejos, ricos o desahuciados, que buscan concienzudamente en la sección del género que les pone o preguntan al gerente por aquella de la rubia con la botella de champán.
En los sex-shops se pueden ver clientas, pero con parejas masculinas o con amigas, nunca solas y menos aun entrando a visionar porno en las cabinas. Su presencia es tangencial porque no es su territorio: no se enquistan, se limitan a comprar cachivaches o a pasearse brevemente para sentirse interpeladas por los clientes. Existen tiendas eróticas para ellas, más pulcras y finas, que regentan otras mujeres y en los que los varones están literalmente vetados, pero no es lo mismo. Un sex-shop sin suelos pegajosos ni pervertidos de mirada inicua es un antro burgués y liviano, no representativo.
La esencia de sex-shop generalista y económico es la sordidez. Todo es oscuro y sucio. La omnipresencia de imágenes hardcore, a menudo en las antípodas de nuestros gustos, acaba siendo abrumante. Se va con cuidado de no tocar las paredes. Los dependientes tatuados tienen cara de despedazar animales en sus ratos libres (¿por qué no buscan gente normal para atenderlos, con uniforme, visera y amabilidad starbucks?).
En meollo de un sex-shop está en las cabinas. Es donde hay estricta intimidad y podemos ver lo que queremos: Chicas reales que se abren de piernas detrás de un cristal o pantallas de televisión con cientos de canales porno. Un catálogo aproximado de éstos quedaría más o menos así: Del 0 al 10, desgarros anales heteros, del 10 al 20 desgarros anales gays, del 20 al 30 brasileñas comiendo mierda, del 30 al 35 brasileñas haciéndoselo con cabras y del 35 al 40 brasileñas embarazadas haciéndoselo con cabras, del 40 al 50 gang bangs, del 50 al 60 choked y bukakke, en el 61 Nacho Vidal le mete un bate de béisbol por el culo a Bella Dona, hasta el 70 está Rocco omnipresente, a partir del 71 castings inmisericordes a jovencitas del Este, y del 80 en adelante sadomasoquismo y descargas eléctricas.
Sex-shops: Básicamente antros infames de audiencia mayoritariamente masculina donde acuden con regularidad millones de hombres para masturbarse viendo como chicas que no conocen son cosificadas, destrozadas y degradadas ¿De verdad todo va bien en estos tiempos de la cacareada “liberación sexual”?

























